miércoles 8 de julio de 2009

Días contados

Esta entrada se inspiró en un comentario que le dejé a mi amigo Gabiprog en un post titulado Ella de su blog Reflejos y Susurros. En aquella entrada describía la lucha de una mujer enferma de cáncer. Y en mi comentario, le dije que conocía a dos amigas que estaban tratando de superar el trance, y que habían puesto en ello una energía y unas ganas de vivir conmovedoras y a la vez invencibles. Y por último, lanzaba una pregunta al aire: ¿Por qué tenemos que esperar a tener un cáncer para disfrutar de cada minuto de nuestra vida?
.
Porque es lo que escucho de boca de quien lucha contra una muerte cercana, o quien le ha visto las orejas al lobo a causa de un infarto, que ahora aprecian cada detalle de su entorno, que valoran hasta el aire que respiran, que contabilizan como un triunfo cada paso que caminan, que se sienten como si alguien les hubiese quitado una venda de los ojos presentándose ante ellos un mundo repleto de maravillas inimaginables.
.
¿Y es necesario tener ocasión de contarle las arrugas a la parca para quitarse esa venda?
.
Mi vecina M. es una de esas dos amigas. Charlo con ella de vez en cuando, y me cuenta que está dando clases de yoga, que ahora participa en un teatro, que en cuanto llegue el mes de Septiembre se va de viaje a Turquía porque siempre soñó con conocer Santa Sofía, que está haciendo cosas que siempre quiso hacer.
.
Mi amiga P. es la otra. Nunca ha dejado de trabajar, pero ahora, me dice, lo enfoca todo con mucho más entusiasmo. El trabajo le sabe diferente, lo vive al día y cada jornada es una confirmación de que nuevamente ha sido capaz de luchar, de convencer, de entablar nuevas relaciones y conocer nuevas vidas. Es una ecologista convencida, siempre quiso hacer algo más que protestar, así que ahora forma parte de un partido político local en el que trabaja activamente.
.
Y yo las contemplo con orgullo, bravo por vosotras, a mí también me encantaría visitar Santa Sofía, un día de estos tengo que ir, y el yoga mira que me lo dice todo el mundo, y lo de participar activamente en favor de la Naturaleza ni te cuento. A ver si un año de estos me descargo un poco de trabajo y me meto a ello. Porque claro, a mí es que no me han dicho que me ande con ojo porque estoy en la cuerda floja, que no pierda la esperanza pero que haga testamento por si las moscas, no, yo no tengo de qué preocuparme, yo SI tengo tiempo de sobra para dejarlo siempre todo para más adelante, verdad? … ¿O no?
.
Desde un punto de vista tal vez poco ortodoxo, creo que las personas que se han encontrado con una inesperada fecha de caducidad - que luego puede ser o no ser - impresa sobre la frente nos llevan cierta ventaja a los avispados que vivimos acomodados en el mullido sillón de la vida, convencidos de que nuestro final llegará tras haber asistido al alumbramiento de nietos y bisnietos. Porque esas personas, sospechando que su tiempo se acaba, deciden fijarse como objetivo exprimirle a la vida cada minuto que le negaron por falta de tiempo. Puede que les queden semanas, meses o años, pero vivirán ese tiempo con intensidad, con una pasión como nunca antes habían puesto en sus días y sus noches.
.
Y yo, que no he pasado por ese trance, las miro con ternura y emoción, olvidando que la vida juega con nosotros, que mañana puedo formar parte de un siniestro total, que el corazón puede proclamar un hasta aquí hemos llegado, que me puede entrar en la tienda un mangante y pasar por encima de mi cadáver para vaciar la caja registradora, que puedo acudir a la consulta de un médico porque me duele aquí y salir con cara de boniato y una fecha de caducidad parpadeando en luces rojas sobre la frente abatida. Y todo esto me habrá sucedido sin haber tomado la precaución de echar el freno a tiempo y bajarme a vivir, habiendo limitado esa intensidad vital tan sólo a unos cuantos momentos estelares.
.
Porque he adquirido la mala costumbre de transferir mi existencia a las hojas de un calendario, y celebrar el tiempo vivido una vez al año, sin pararme a pensar que lo que soy, lo que hago, lo que pienso, deseo y siento, lo que doy y lo que recibo, se efectúa en un lapso de segundos, minutos, horas. Porque soy incapaz de parar y derrochar intensidad durante semanas, meses, años.
.
¡Cómo nos cambiaría la vida si tuviésemos conocimiento de nuestra fecha de caducidad! Yo, desde luego, no quiero saberlo, supongo que a nadie le gustaría. Pero de vez en cuando es bueno que a uno le recuerden que, serán muchos o pocos, pero aquí todos toditos todos, enfermos o sanos, tenemos los días contados.



Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

lunes 22 de junio de 2009

Mil Ochocientas Razones (Reposición)



El otro día me cuenta una joven que cuando iba en su coche pasó junto a un perro, visiblemente malherido, tumbado en la cuneta de la carretera.
.
Llamó a la Protectora de Animales. Allí le dijeron que ya no había nadie para hacerse cargo, pero que si quería podía llevarlo hasta sus instalaciones y depositarlo en una jaula. ¿Veterinario? No, no, como se da la circunstancia de que mañana es fiesta el veterinario ya no vendrá hasta pasado mañana. También puede intentarlo con la perrera municipal. Llamó a la perrera y se encontró con una grabación que le ofreció la posibilidad de pulsar hasta ocho números distintos, pero ninguna solución para sacar al chucho de su miseria. La Policía Local le dijo que ellos no podían hacer nada, puesto que su labor consistía en tocar en alguna de las dos puertas que ella ya había encontrado cerradas. Así que volvió con su coche y lo recogió. El animalito ni siquiera se quejaba. Debía tener tal sufrimiento y sensación de desamparo que daba por bendita cualquier ayuda recibida.
.
La chica lo llevó a su veterinario, el cual, tras un concienzudo examen, le dijo que era muy joven, un año o poco más, y que tenía una cadera y una pata literalmente trituradas, probablemente a causa de un atropello. Al parecer, sólo hay un cirujano en la provincia capaz de recomponer aquél desastre, un figura que ha hecho de la cirugía veterinaria un verdadero arte. Y el manitas en cuestión le cobra nada menos que mil ochocientos euros por hacer la operación.
.
Así pues, la joven se encuentra ante la disyuntiva de depositar al perro en la Protectora sabiendo que va a pasar dos días de horrible sufrimiento sin asistencia veterinaria, sacrificarlo o hacerse cargo de él. Desde el momento en que lo metió en su coche (yo creo que desde el momento en que pasó a su lado) el chucho pasó a ser responsabilidad suya. Así lo entendió ella. Y suya es la decisión sobre su destino, sobre su vida o su muerte, su final miserable bajo las ruedas de un coche o un futuro prometedor con huesos rellenos de tuétano y noches de invierno al calor de una manta.
.
El perro es demasiado joven para morir, además no tiene lesiones internas, salvando el desaguisado de su cuarto trasero. Mil ochocientos euros le separan de convertir el peor día de su vida en su día de suerte. Y esta mujer, que tan sólo cuenta con unos ahorros arañados de su sueldo, decide invertir lo que le negó a las rebajas, a los viernes de cine y palomitas y a ese viaje que siempre podía posponer, en un animal desconocido que acaba de irrumpir en su vida como un náufrago en un banquete de bodas.
.
Y yo le digo que adelante. Con un par. Porque un perro representa lo mejor de nosotros, la lealtad incondicional, el cariño desinteresado, la gratitud infinita, la defensa a ultranza de aquellos a los que quiere, y porque la mentalidad de un perro es comparable a la de un niño de dos años, edad en la que no se pueden concebir maldades, ni perversiones, ni codicias.
.
Y porque en este mundo de locos, para poder mantener el equilibrio mental hay que buscar esperanza hasta en la cuneta de una carretera, porque si hay un hombre capaz de matar a su compañera tendrá que haber otro capaz de morir por ella, si hay quien tarda un minuto en quemar un bosque también hay quien dedica todas las horas de su tiempo libre a regenerarlo, si hay padres que matan a sus hijos también hay seres dispuestos a solventar años de papeleos, viajes y aportaciones económicas para dar una vida digna a un hijo que no es suyo, si hay quien sale a la calle dispuesto a machacar al primero que se le cruce también hay quien muere por tratar de evitar una pelea, si hay quien tortura a un animal para colgar las imágenes en Internet también hay alguien dispuesto a una cruzada para identificarle y ponerle en manos de la justicia, si hay quien se hace rico vendiendo droga también hay quien cobra una miseria por desenganchar a un toxicómano, y si hay alguien a quien no cuesta un céntimo abandonar a un perro en la carretera también hay alguien dispuesto a gastarse un dineral para lavar una insignificante mancha de la miserable condición humana.
.
Por todo esto y por mil ochocientas razones más. Y con la cabeza bien alta.
.
Nota: Cuando el cirujano se enteró de que el perro había sido recogido y que se lo iba a quedar, le rebajó quinientos euros. Así que la cosa quedó en mil trescientas razones. Que son razones.




Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

viernes 19 de junio de 2009

Hermano Sol, Hermana Luna


Los pobres de India se han quedado huérfanos. Tras el fallecimiento de Teresa de Calcuta, nos llega hoy la noticia de la muerte de Vicente Ferrer.


Nos dejaron una herencia impagable: la grandeza del espíritu humano.


Hermano Sol y Hermana Luna de nuestro tiempo. Ahora sabemos que la generosidad no tiene límites, que se puede conseguir la mayor riqueza viviendo entre la pobreza, que la sonrisa no se compra con dinero, que es posible hacer brotar esperanza del más árido desierto, que dos manos pueden tomar las de miles de personas, que el camino más difícil también es el mejor, que la mayor recompensa es la alegría, la mayor victoria, la paz, la moneda más cotizada, el amor.
.
.
Ahora sabemos lo que somos capaces de hacer.







Imagen de Teresa de Calcuta obtenida en www.curiosidad.org/tag/madre-teresa-de-calcuta/
Imagen de Vicente Ferrer obtenida en eredondo.blogspot.com/2009/03/vicente-ferrer.html



Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

viernes 12 de junio de 2009

Psicólogos

Están los que estudiaron una carrera universitaria, los que cuelgan en la pared de su consulta el título y las acreditaciones de los seminarios a los que acudieron, los que tienen secretaria encargada de dar cita y elaborar la factura, los que abren un historial y van anotando cada progreso del paciente.

También están los que acuden en ayuda de los familiares de una catástrofe, los que encaran la tragedia asumiendo el papel más difícil, inculcar vida y esperanza a quien ha perdido su más preciado tesoro, a quien no es más que un deshecho, y ayudar a digerir que la vida es así, que unas veces te da y otras te quita, que a veces se cobra en lágrimas amargas la excelsa felicidad vivida.

Y luego están los que no tienen título, ni acreditaciones de seminarios, ni consulta, ni secretaria, ni chaleco naranja que les distinga entre los desolados familiares.

Ellos tienen un par de oídos bien abiertos, una boca que calla mientras uno se desahoga, a veces hasta un punto de vista novedoso y certero que no se había contemplado, una frase que abre una ventana, un sentimiento de empatía que no requiere de haber pasado por una situación similar, un compromiso por sacarte del pozo, por hacerte sonreír, por buscar en las entrañas y encontrar esa carcajada inesperada que rompa el maleficio.

Sin ánimo de menospreciar la labor de los profesionales, vengo aquí a dejar mi pequeño homenaje a los primeros psicólogos de los que echamos mano cuando el mundo se nos cae encima: los amigos. Nunca he acudido a una consulta y no puedo comparar. Pero a tenor de lo que siempre recibí, creo que se puede encontrar un buen tratamiento en el cariño, en el afecto de aquél que te conoce y sabe de qué pie cojeas, en las palabras que salen del corazón a falta de la experiencia de casos similares, en el objetivo asumido como una cruzada personal a falta de la meta del éxito profesional, porque lo que están escuchando les afecta tanto como a quien se lo está confesando.

Y además, los auténticos, no pasan factura.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

sábado 6 de junio de 2009

Pocos y Cobardes (Reposición actualizada)


Hace unos días leí en el periódico digital “20minutos” una noticia que a mí, al menos, me pareció reconfortante:
Un individuo entró en un supermercado armado con un cuchillo con intención de asesinar a su compañera sentimental. Las personas que se hallaban en el establecimiento, al hacerse cargo de la situación, hicieron piña y redujeron al asesino en potencia arrojándole artículos de las estanterías. Finalmente, consiguieron retenerle hasta la llegada de la policía.

Ya era hora. Ya era hora de reaccionar, ya era hora no mirar para otro lado, de no salir corriendo, de no dejar a una víctima indefensa abandonada a su suerte ante un agresor implacable y despiadado. Y ya era hora de no permitir que un valiente, uno sólo, se juegue la vida por tratar de impedir una muerte. En estos momentos, ese valiente se llama Juan Pablo Urtizberea, pero ha habido muchos, estamos hartos de verlo, jóvenes que median en una pelea en la que nada tenían que ver, hombres o mujeres que acuden al grito de socorro de alguien que se siente aterrorizado, almas solitarias que se dejan arrastrar por el impulso de auxiliar al más débil, que se embarcan en una batalla que no es la suya y que al final se llevan la peor parte.

Todavía acuden a mi cabeza las vergonzosas imágenes del individuo del metro que se dio el gustazo de insultar, patear y abusar de una adolescente ante la impasibilidad del resto de los viajeros. La mayoría declararon que no lo vieron, y el único que lo presenció alegó que tuvo miedo. No es de extrañar. Nadie nace para ser un héroe. La mayoría de nosotros no vamos por la vida exhibiendo un cinturón negro de taekwondo, no portamos armas de fuego, no estamos preparados para hacer frente a un individuo que ha perdido el control, que está dispuesto a llevarse por delante a quien sea, un semejante que ya no lo es porque el alcohol, la droga o el odio irracional le ha transformado en una bestia sin escrúpulos.

Recuerdo que, en este caso de la agresión del metro, escuché más de una vez el término “cobarde” aplicado al testigo. Cada uno es libre de juzgar como quiera, libre de afirmar que, de haber estado en su lugar, se hubiese enfrentado al agresor sin más. Yo, personalmente, creo que el instinto de supervivencia es, a veces, dueño absoluto de nuestras reacciones, que es capaz de paralizarnos y atajar nuestras posibles actuaciones bloqueando músculos e ignorando las órdenes del cerebro, que nos grita ¡Haz algo! De lo que estoy segura es del trágico final que hubiese tenido ese testigo de haberse metido a defender a la pequeña. Pero ¿Qué habría pasado si todos los viajeros del vagón se hubiesen enfrentado a él? Lo más seguro es que el sujeto hubiese renunciado a su miserable agresión rezando además por llegar a la próxima estación lo antes posible. Sin violencia. Sin derramamiento de sangre. Sin necesidad de que un hombre sólo tenga que exponer su vida. Simplemente, porque muchos le han plantado cara, y con muchos no se atreve.

Pues no hay mayor cobarde que aquél que se impone al débil sabiéndose en superioridad de condiciones, aquél que se sabe vencedor por su tamaño, por su fuerza, porque va armado o porque su víctima se halla presa del terror. Y ese tipo de cobarde siempre saldrá corriendo cuando se vea en inferioridad o, incluso, en igualdad de condiciones, porque está acostumbrado a hacerse el machote con la mujer, con los niños, con el abuelo o con el perro, pero no le gusta tener que medirse con uno de su estatura.

Así que a ver si cunde el ejemplo del supermercado. Porque aquí, salvando honrosas excepciones, ninguno tenemos madera de héroe.

Pero ellos son pocos y cobardes. Y nosotros somos más.


*Imagen de Juan Pablo Urtizberea recogida en www.violenciadegenero.info/.../urtizberea2.jpg


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

domingo 31 de mayo de 2009

El Refugio (Reposición)


El pasado fin de semana dediqué parte de mi tiempo libre a ordenar cajones, uno de los cuales estaba repleto de antiguas fotografías.

Repentinamente, me encontré cara a cara con mis dos abuelas, con mis titas de Zaragoza, que siempre olían a lavanda, con los niños de mi barrio, mis amiguitos y enemiguitos, con mi primera perra, Gina; con mi madre, joven y preciosa, dirigiendo hacia el objetivo de la cámara esa mirada verde mar que tenía poderes curativos sobre el alma y alejaba los malos augurios; con mi padre, inseparable de su cigarrillo "Kool", exhibiendo una sonrisa que dulcificaba su habitual porte solemne y marcial; y con mis hermanos, que siempre sacaban en la foto esa imagen de niños aplicados y obedientes - a mi madre nunca la engañaron - y que fueron mis maestros en el fino arte de trepar, llamar a los timbres y salir corriendo, escapar de la siesta sin ser visto, averiguar qué se esconde bajo el papel pintado de la pared, hacer el famoso experimento del inodoro ardiendo que se apaga al tirar de la cadena, - no siempre -, aparentar inocencia y candor mientras mi padre busca su cartera y muchas otras enseñanzas más.

A mi mente acudieron hermosas palabras, palabras que nacieron en el corazón del poeta Rainer Maria Rilke, una sentencia inmortal tanto por su belleza como por su certeza: "La infancia es la verdadera patria del hombre". La infancia marca la vida de las personas. Los diez o doce primeros años de nuestra existencia siempre dejarán su impronta en todos los demás, ya sea para bien o para mal, ya sea por haber tenido una infancia dichosa o penosa.

Yo tuve la suerte de tener una niñez que siempre definí como de cuento de hadas. Mis padres me adoraban, mis hermanos me adoraban, - era la pequeña de cinco -, mi casa era un enorme campo de juegos, mi barrio era ideal para montar en bicicleta y hacer batallas de agua en las noches de verano, y mi parque era, al menos a mí me lo parecía, el más bonito de Madrid - el Parque de la Fuente del Berro, nada menos -. La única nota negativa la puso el colegio. No recuerdo haber asistido al colegio con ganas ni un solo día de mi vida. Era demasiado feliz en mi hábitat, y la idea de tener que abandonar mi hogar a diario para compartir una clase de latín con otras treinta niñas y una monja se me antojaba tan divertido como remar en una galera al ritmo acompasado de un tambor golpeado por la Hermana Maria Caridad con su habitual perfección de metrónomo.

Lloré de rabia cuando me enteré de que los Reyes Magos eran mis padres, cuando, año tras año, la Navidad fue perdiendo ese halo de dorada irrealidad que sólo es perceptible a los ojos de un niño, cuando mis hermanos abandonaron las excitantes travesuras de siempre atraídos por el aburrido juego del coqueteo y la seducción, cuando mi cuerpo comenzó a transformarse, cuando me fueron endosando responsabilidades, cuando me arrebataron la corona de reina de la casa y empecé a olerme que la película de Disney tocaba a su fin. Me sentí traicionada. Me pareció que el mago me mostraba el doble fondo de la chistera sin que yo se lo hubiese pedido, pero, finalmente, por más que me quise resistir a ello, acabé por convertirme en una adulta.

Después, la vida me obsequió con el privilegio exclusivo de vivir una segunda infancia gracias al nacimiento de mi hija siendo yo aún muy joven, algo que me predispuso a sumergirme en su mundo de talco y peluches, un mundo que había sido el mío propio no hacía tanto tiempo.

Ahora ya, su infancia y la mía pertenecen al pasado. Pero siempre me queda el recuerdo. Siempre me es posible convertir el recuerdo de aquellos años en un refugio, un refugio para el alma en el que ponerme a salvo de los miedos, la ansiedad, la tristeza o la soledad cuando tengo un mal día, o una mala noche en la cual la oscuridad amenaza con devorarme, cuando me siento insegura o, simplemente, tengo ganas de llorar porque mi propia vida cotidiana me parece un castigo divino difícil de sobrellevar.

En esos momentos en los que no veo salida sé que puedo cerrar los ojos, cerrar los ojos al mundo y a la realidad por un instante y trasladarme a ese templo sagrado en el que reina una paz envolvente y cálida; mi niñez.

Y, por unos minutos, abrazar de nuevo a mis padres y hermanos, sentir que estoy a salvo de todo en mi castillo de murallas inexpugnables, que los míos me protegen, que en mi mundo pueril no existe la maldad, no hay cabida a la violencia, ni a la perversión, ni a la codicia, ni al engaño, que la gente sólo alberga buenas intenciones, que si me porto bien me darán un premio, que los seres queridos nunca se mueren, que siempre estaremos juntos, siempre unidos por un juramento inviolable de amor y lealtad.

Y soy capaz de visionar el rojo intenso de las gitanillas, y de evocar la fragancia de mi madre, o de sentir en mi mejilla el roce áspero de la incipiente barba de mi padre, de escuchar el graznido de los pavos reales del parque, de acariciar a mi perra hundiendo los dedos en la suavidad de su pelo negro, de aspirar profundamente el olor del guiso en la cocina, de escuchar de nuevo la voz de mi hermano Inke...

Existe un mundo que no es este, un universo que nos concibió ingenuos y vergonzosos, ignorantes de nuestra propia fragilidad, príncipes valientes haciendo piruetas sobre una red.
.
La infancia siempre está ahí. Siempre se puede volver al refugio.




Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

jueves 28 de mayo de 2009

Premio al Blog Más Dulce



Mi reciente y ya gran amiga Noemí me ha distinguido con este dulce premio. En su blog, Carpediemdeando, se encuentran los elementos básicos para carpediemdear, mostrando una selección de música de todos los tiempos y todos los estilos cuyo nexo en común es el buen gusto y la sensibilidad. Además, aporta información muy interesante sobre compositores y artistas.

Gracias, guapa! Aunque sigo manteniendo que a dulzura no te gano.


Y ahora me toca otorgar este dulce homenaje.


A Rose, y a su blog El Patio de mi Casa, porque tiene una dulzura inteligente y contagiosa, y además se está encargando de transmitirsela a sus hijos (¿Para cuándo el blog de Rn?)


A Nerina Thomas, y a su blog Nerina Thomas, porque tiene una dulzura artística capaz de dibujar una mañana de domingo con los más bellos versos.


A Tashano, y a su blog LE BOUDOIR, porque tiene una dulzura comprometida que le lleva a denunciar las injusticias con su toque valiente y personal.


A Ana Cabrera, que para desgracia nuestra no tiene blog, pero sí dulzura suficiente como para sensibilizar a un regimiento de húsares y convertirles en voluntarios de la Cruz Roja.


A Lara, y a su blog PARTIENDO LA PANA, porque tiene una dulzura creativa que además comparte con todos nosotros de la forma más amena y divertida, y también por su amor hacia los animales.


A Eurice, y a su blog EL OSCURO Y POLVORIENTO DESVAN DE MI MEMORIA, porque tiene una dulzura "extraña", diferente a todas las dulzuras conocidas, un nuevo especimen de dulzura que ha revolucionado a todos los maestros pasteleros de la prestigiosa Guia Michelín.
.
.
A VuelosdelAlma, y a su blog Vuelos del Alma, porque tiene una dulzura cargada de sabiduría y filosofía de la buena, de la que nos hace levantarnos cada mañana con una sonrisa y las pilas a tope.
.

A Maripaz Brugos, y a su blog Baúl de Laika, porque tiene una dulzura cotidiana y permanente, y no es fácil mantener la dulzura a capa y espada en los tiempos que corren.


Se me quedan en el tintero unos veinte blogs por premiar, pero hay que atenerse a las reglas. Ah, que si no os apetece hacer entrada no pasa nada. Seguiréis siendo igual de dulces :D


Por último quisiera dedicarle a Noemí un tema del gran compositor Sergei Rachmaninov titulado "Rapsodia sobre un tema de Paganini". Espero que te guste, chata.





Un beso para todas!


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.